Lectura del libro del Levítico.
El Señor dijo a Moisés y a Aaron: "Cuando alguno tenga en su carne una o
varias manchas escamosas o una mancha blanca y brillante, síntomas de la
lepra, será llevado ante el sacerdote Aaron o ante cualquiera de sus hijos
sacerdotes. Se trata de un leproso, y el sacerdote lo declarará impuro. El que
haya sido declarado enfermo de lepra, traerá la ropa descosida, la cabeza
cubierta, se cubrirá la boca e irá gritando: '¡Estoy contaminado! ¡Soy impuro!'.
Mientras le dure la lepra seguirá impuro y vivirá solo, fuera del campamento!".
Palabra de Dios. A. Te alabamos, Señor.
Salmo responsorial (31)
R. Perdona Señor nuestros pecados.
L. Dichoso aquel que ha sido absuelto de su culpa y su pecado, dichoso aquel
en el que Dios no encuentra delito ni engaño. /R.
L. Ante el Señor reconocí mi culpa, no oculté mi pecado. Te confesé, Señor,
mi gran delito y Tú me has perdonado. /R.
L. Alégrense con el Señor y regocíjense los justos todos, y todos los hombres
de corazón sincero canten de gozo. /R.
2ª Lectura (1Co 10, 31-11,1)
Lectura de la Carta del apóstol San Pablo a los corintios
Hermanos: Todo lo que hagan ustedes, sea comer, o beber, o cualquier otra
cosa, háganlo todo para la gloria de Dios. No den motivo de escándalo ni a los
judíos, ni a los paganos, ni a la comunidad cristiana. Por mi parte, yo procuro
dar gusto a todos en todo, sin buscar mi propio interés, sino el de los demás,
para que se salven. Sean pues, imitadores míos, como yo lo soy de Cristo.
Palabra de Dios. A. Te alabamos, Señor.
Aclamación antes del Evangelio (Lc 7, 16)
R. Aleluya, aleluya.- Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha
visitado a su pueblo. R. Aleluya.
Evangelio (Mc 1, 40-45)
Lectura del santo Evangelio según San Marcos
A. Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas:
"Si tú quieres, puedes curarme". Jesús se compadeció de él, y extendiendo la
mano, lo tocó y le dijo: "¡Sí, quiero: Sana!". Inmediatamente se le quitó la
lepra y quedó limpio. Al despedirlo, Jesús le mandó con severidad: "No se lo
cuentes a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece
por tu purificación lo prescrito por Moisés". Pero aquel hombre comenzó a
divulgar tanto el hecho, que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la
ciudad, sino que se quedaba fuera en lugares solitarios, a donde acudían a El
de todas partes. Palabra del Señor. A. Gloria a ti Señor Jesús.
REFLEXIÓN
No hay duda de que nadie en su sano juicio diría hoy que un enfermo
es un marginado, un impuro que no merece en absoluto la atención de nadie.
Hoy todos, gobiernos, partidos políticos, asociaciones del más variado signo,
defienden que la persona enferma necesita la atención de la sociedad pero
siempre manteniendo todos sus derechos intactos. Hay que tratar a la persona
enferma con el debido cuidado –especialmente en el caso de que la
enfermedad sea contagiosa– pero nada más.
En las lecturas de este domingo se habla de una enfermedad, la lepra, que
en el tiempo de Jesús era considerada algo más que una enfermedad. La lepra
en la práctica, cualquier enfermedad grave de la piel en la época– suponía
ser socialmente impuro y tenía como consecuencia la marginación, la exclusión
social. La persona leprosa era maldita y perdía sus derechos sociales. Como
dice el libro del Levítico, “mientras le dure la afección, seguirá impuro;
vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento”.
Sigue habiendo marginados
Hemos mejorado mucho en estos años. Ha cambiado la consideración que nos
merece la enfermedad. ¿Ha cambiado de verdad? Habría que pasar de la teoría
a la práctica social. ¿No sigue suponiendo una cierta marginación social la
enfermedad mental? ¿Y qué podríamos decir del sida? ¿No sigue existiendo el
racismo?
No se trata sólo de la enfermedad. Hay otras “condiciones” sociales de la
persona que la condenan a una situación de marginación, que le impiden
desarrollarse como hijo o hija de Dios, que le condenan a la exclusión, a
“tener su morada fuera del campamento”. Este mundo sigue,
desgraciadamente, sin ser la casa de todos. Se sigue discriminando a las
personas por razón de su sexo o tendencia sexual, de su nacionalidad, de
su raza, de su cultura, de su edad, de su origen social...
Y podríamos seguir porque una de las cosas que nos gusta más a las
personas es poner barreras, marcar límites, señalar fronteras y decir
“aquí estamos los buenos, los de más allá son los malos, los que no tienen
derechos, los que no son como nosotros”. Y marginamos y dejamos fuera.
Llevados de los prejuicios contra lo que es diferente.
En el Evangelio de hoy se nos relata la curación milagrosa de un leproso.
Podemos leerlo como un milagro más de Jesús. Jesús era Hijo de Dios y tenía
el poder de hacer milagros. El milagro del Evangelio de hoy nos demostraría
una vez más sus poderes divinos. Pero el relato de este domingo nos dice
algo más. Porque el leproso no es un enfermo más. El leproso que se acerca a
Jesús es un marginado, es un expulsado de la sociedad. Tanto como lo puede
ser hoy un drogadicto, por ejemplo.
Tocar: una manera de salvar
Si Jesús representa la voluntad de Dios para nosotros, su encuentro con un
hombre leproso nos habla de cómo debe ser nuestra forma de relacionarnos
con los demás. Jesús no se deja llevar por los prejuicios. Hace el milagro y le
salva de su lepra. Le cura y, al hacerlo, le integra de nuevo en la sociedad.
Pero hace algo más. Porque Jesús no cura a distancia. Jesús no se sitúa del
lado de los buenos e invita al leproso, al curarle, a pasar la barrera que le
separaba. Jesús hace exactamente lo contrario. Jesús se acerca al leproso.
Jesús hace lo que no debería haber hecho nunca un rabí. Ese es el punto
central del relato: “extendió la mano y lo tocó”.
En ese momento Jesús deja la sociedad “buena” y se sitúa al otro lado de la
frontera. Se hace él mismo impuro. Eso era lo que significaba en aquel
mundo judío “tocar” a un leproso. Jesús, el Hijo de Dios, se hace marginal a sí
mismo para salvar a los marginados. No es de extrañar que el pueblo se
sorprendiese ante la forma de comportarse de Jesús, que acudiese a él de
todas partes. El Dios de Jesús era diferente, era nuevo, era distinto. Tocaba
y salvaba. No se encontraba en el Templo sino en los caminos, cerca de los
que sufrían, cerca de los oficialmente malos. Haciendo siempre presente el
amor y la misericordia del Padre.
A Dios se le sigue encontrando en nuestro mundo. Está más allá de las
fronteras, en los márgenes. Del lado de los que sufren, de los que son
excluidos y de los que se excluyen a sí mismos porque han perdido la
esperanza en la vida. Basta con que agucemos la vista y el oído para descubrir
esa presencia en los muchos hombres y mujeres que, a veces sin confesarse
siquiera como cristianos, manifiestan en esos lugares el amor de Dios Padre para
todos.
Una recomendación final: no tengamos miedo a tocar lo diferente. No nos
dejemos llevar por los prejuicios. Extendamos la mano y toquemos, como
Jesús, y seremos testigos del amor de Dios que salva, reconcilia, cura y acoge.